El 13 de enero y el 29 de marzo no son unas fechas insignificantes para la vecina de Amurrio Conchi Urruela. El primero porque voló con destino a Ciudad de Guatemala para colaborar en el proyecto solidario que desde hace catorce años desarrolla el Padre Carmelita Cirilo Santamaría, conocido como Padre Ciri, natural de Aloria, en la Pastoral Social Padre Navarro con niños, pre-adolescentes y mujeres. Y el 29 de marzo porque Conchi volvía, en pleno estado de alarma sanitaria por la Covid-19, en un avión junto a 400 personas, principalmente jóvenes cooperantes y algunos turistas.“Aún con todo me ha merecido la pena vivir la maravillosa experiencia en Guatemala” reconoce satisfecha Conchi Urruela que ha ayudado en el comedor La Multiplicación de los Panes que atiende a 200 personas y en la guardería Nuevo Amanecer,  jugando y dando de comer a los txiki, ayudando a las cocineras y fregando, proyectos que están sustentados por la Parroquia El Carmelo a la que pertenece el Padre Ciri. “Es una labor encomiable la que hace allí en la que el perfil familiar mayoritario es el de madres solteras con cuatro o cinco descendientes en una sociedad con una gran tasa de alcoholismo y que carecen hasta de agua potable. Me he sentido muy bien, porque he estado rodeada de personas que se les ve felices y no tienen nada y lo poco que tienen te lo dan”. 

Nuevo proyecto Centro de Nuevas Tecnologías Euskadi

Conchi ha venido con la clara meta de dar a conocer el nuevo proyecto del Padre Ciri que también posibilitó la creación de una clínica social no lucrativa, a precios populares con servicio de medicina general, odontología, radiología y laboratorio. El nuevo reto, tras la reciente adquisición de un terreno pegado al edificio actual, es la construcción de un edificio de tres plantas  para habilitar como centro de Formación Profesional para chavales mayores de 12 años. “Se trata de orientarles en unos estudios con los que puedan ganarse la vida ya sea en una peluquería, arreglar teléfonos móviles… en definitiva orientarles en un futuro laboral” concluye Conchi Urruela.

 

Acabadas las Navidades repletas de luces, regalos, muchos deseos y mejores propósitos, con mi maleta llena de incertidumbre y miedo a lo desconocido, pero con muchísima ilusión y ganas de aportar mi pequeño granito de arena en mi nuevo destino, me fui a Guatemala, a su capital, Ciudad de Guatemala. Allí he pasado casi tres meses, viviendo otras realidades, otras formas de ver la vida, donde el consumismo no existe. Un lugar donde no hay que cavilar en que voy a comer mañana ni qué ropa me voy a poner, ya que va a ser lo mismo que hoy e igual que lo de ayer. Un lugar donde no se puede pensar en llevar a los peques al parque, porque ni estos ni los columpios existen, por lo menos en la zona donde yo me he movido. Un lugar donde lo más importante es sobrevivir hoy, ya que mañana “Mi Dios decidirá, mi Dios proveerá”. Todo cambió muy rápidamente, de la noche a la mañana, el 16 de marzo, callando, muy suavemente, cuando, como un mal presagio, llegó todo lo referente a la Covid-19 y se paralizó el país, se cerró el espacio aéreo y se confinó a todo el mundo en su casa. Después de pasar unos días convulsos, difíciles y de mucha expectación, con miedo del futuro tan oscuro que parecía se avecinaba y la imposibilidad total de decidir por mí el momento en que iba a poder salir del país, con mis maletas repletas de sentimientos encontrados, pude volver a mi casa. 

Por una parte, traía el corazón encogido. Allí también se habían cerrado las escuelas y, por tanto, todos los comedores sociales y escolares que tanta desnutrición quitaban. Se habían cerrado mercados, mercadillos, puestos ambulantes de venta de comida, siempre abarrotados de niños trabajando y sin escolarizar y eso suponía que con lo que hoy no se podía vender en esos puestos, era imposible comprar nada para poder comer mañana y así, día tras día. Se tenían que meter en sus casas, unas habitaciones de 10/12 m2. donde se hacinaban hasta 8 personas, con muchos riesgos de alcoholismo, de violaciones a mujeres y niñas, de malos tratos a menores, de mucha hambre y muy poco para comer y con muchos menos medios y artículos para llegar a unos mínimos de higiene personal. Un futuro desolador, cargado de amargura y sufrimiento.

Pero por otra parte, venía satisfecha, contenta, feliz. Se había cumplido mi sueño. Dejaba allí un puñado de muy buenos amigos, había conocido gente maravillosa que lo que más prima para ellos y entre ellos es la solidaridad y la ayuda mutua, había compartido muchos ratos con unos niños tremendamente agradecidos, siempre contentos y risueños, que lo que menos hacen es llorar aunque les sobren motivos para ello. Había hecho turismo, había conocido las zonas más carismáticas y espectaculares del país, incluidas las grandiosas ruinas mayas. Asimismo, traía conmigo el fiel compromiso de dar a conocer a todo mi entorno lo intensamente allí vivido, la gran labor desinteresada, entregada y en muchas ocasiones, hasta poniendo en peligro su vida, de muchísimas personas, unas pertenecientes a la Iglesia Católica, otras de voluntariado, jóvenes, muy jóvenes, pertenecientes a ONGs.

También me gustaría resaltar el engranaje principal de esta tremenda máquina de ayuda humanitaria, Cirilo Santamaría Sáez –el Padre Ciri-, nuestro vecino de Aloria, con los más desfavorecidos, especialmente mujeres y niños, y poner en valor su nuevo gran proyecto: un centro de Formación Profesional dirigido a chavales mayores de 12 años, con el fin de sacarlos de la calle y prepararles y proporcionarles un futuro profesional un poco más halagüeño, el cual se llamará “Centro de nuevas tecnologías Euskadi”.

Y después de todo esto, la cuarentena, el confinamiento en Amurrio. Aprovechando el silencio de la calle y disfrutando y saboreando de todas las comodidades y de la seguridad que me aporta mi espacio y la zona donde he tenido la gran suerte de nacer y vivir, había llegado el momento y la situación ideal para poner en orden mis pensamientos, mis recuerdos y emociones, para poder desligarme un poco de la etapa tan intensa vivida allí y hacerme a esta, mi sociedad, tan diferente y acomodada, ya que lo importante, lo realmente importante para mí: mis hijos y sus parejas, mi preciosidad de nietos, mi familia y mis amigos, están aquí, los tengo aquí y este es mi sitio.                                

                                                                                                                Conchi Urruela Zurimendi

 

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Conchi Urruela 4

☝️Conchi Urruela durante su estancia en Guatemala cooperando en el proyecto solidario que lleva a cabo el Padre Ciri Santamaría que aparece en la foto superior.